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Leyenda La Madriguera de Hombres Simiescos

Leyenda del Estado de Veracruz
Por: Reginaldo Canseco Pérez

En el oscuro monte de Quiamoloapan, allá por los años 70 del siglo XIX, una familia de laboriosos campesinos vivía solitaria. Sus integrantes se desenvolvían en el hábitat felices, a sus anchas, apartados del resto del mundo, en comunión y, al mismo tiempo, confundidos con la feraz y casi indómita naturaleza.

Nada perturbaba su tranquila y rústica cotidianidad familiar. Los días y los años transcurrían sin otra novedad que la misma rutina del entorno. Pero un día, de pronto, los montañeses azorados encontraron en el corral al amanecer un becerro muerto, descuartizado atrozmente, y todos exclamaron:

--¡Fue el tigre, fue el tigre…!

A partir de entonces, aquello se repitió en cada alba de un nuevo día. Y cuando volvía a aparecer destrozado otro de esos animales nuevamente aseguraban que el culpable era el tigre; pero una mañana en que tornó a pasar lo mismo, habiendo caído un torrencial aguacero nocturno, descubrieron en el lodo y en derredor del becerro completamente desentrañado huellas en verdad raras… ¡Éstas habían sido dejadas por pies enormes y pasos que parecían zancadas, y de ellas emanaba un hedor terrible!

En esta forma, finalmente, cayeron en la cuenta de que el causante de las bajas del ganado no era el tigre, sino… ¡alguna bestia que no conocían!

Nunca antes, hasta aquel día, habían visto algo igual o parecido, no obstante que desde los tiempos remotos -se podía decir- residían en aquel lugar sin más compañía humana que la propia en una grande y dilatada extensión a la redonda.

Los perros, que habían estado ladrando y gruñendo toda la madrugada, husmearon las fétidas pisadas y enseguida partieron en pos del rastro delante de sus amos; juntos se internaron más y más en la montaña hasta ignotos parajes y súbitamente se hallaron a pocos metros de una gruta misteriosa, ante la cual se detuvieron. Los hombres con sus perros se replegaron ocultándose atrás de los gruesos tallos de la arboleda y se dispusieron a espiar; no esperaron mucho tiempo, poco después contemplaban perplejos una insólita escena: de la oscura boca de la cueva emergía un ente simiesco cuya identidad pronto dilucidaron: ¡era un Gran Salvaje! La criatura estaba cubierta de un espeso y negro pelambre de pies a cabeza, desnuda, y sobrepasaba en mucho los dos metros de estatura, tenía cara de gorila, pero caminaba erecta como hombre, no poseía cola y todas sus partes semejaban a las del humano. Oteó para todos lados y a continuación se sumergió nuevamente en el fondo de su madriguera.

Los hombres, en cuanto desapareció, en rueda consultaron entre sí: querían matar a la familia entera de grandes salvajes que seguramente habitaba ahí, pero no tenían la mínima idea de cómo llevarlo a cabo; entonces, como siempre pasa, uno de ellos que resultó más listo aconsejó a los otros: --Hay que quemarlos -les dijo-; pero primero compremos tractolina (petróleo morado) en la villa de Acayucan. Y así lo realizaron. La tractolina la llevaron en varios tecomates y por el camino los hombres y las mujeres (que se habían sumado a la tarea) iban reuniendo mucha leña seca que al llegar amontonaron en la entrada de la cueva e inmediatamente le prendieron fuego, que acrecentaron con la leña que cortaron en el bosque circundante.

Día y noche alimentaron aquella lumbre hasta que la caverna quedó convertida literalmente en un horno gigantesco. ¡Tres días y tres noches mantuvieron vivas las devoradoras e insaciables llamas! Y llegaron a crecer de tan descomunal magnitud que el bosque y la floresta vecina se marchitaron y secaron con la exhalación quemante de la bocaza aquella.

Al término del tiempo mencionado todavía tuvieron que esperar a que el fuego se consumiera y después a que el rescoldo se enfriara. Hicieron a un lado las brasas para abrirse camino, pues era mucha; y aunque las que quedaban en el fondo todavía no perdían calor del todo, pudo más la impulsiva curiosidad. Antorcha encendida en mano se introdujeron a la gruta, de donde salía ya un pegajoso y nauseabundo olor, igual al que despiden los cadáveres humanos en franca descomposición. A pocos metros tropezaron con los cuerpos achicharrados de aquellos antropoides regados por aquí y por allá; había hembras y machos, crías recién nacidas, y niños y niñas, que cubrían todo el suelo de la extensa caverna. El dantesco cuadro daba fe de la horrenda muerte sufrida por aquellos extraños seres.

A partir de entonces, ya no se aparecieron esos grandes salvajes en aquel sitio recóndito del Monte de Quiamoloapan. La cueva, para mayor dato, se hallaba ubicada por el rumbo de Los Camarones, pero en la montaña virgen.

Ésta es la historia que contaba don Laureano Milagros Vidal, según la tradición oral heredada de su familia, de acuerdo con la cual su tatarabuela -cuyo nombre se ha perdido- había sido una de las mujeres de aquel grupo de montañeses y testigo del hecho relatado aquí. Él oyó la narración en palabras de su abuelita paterna, doña Tomasa Herrera Aguirre, nieta de la anterior y originaria del mismo monte; pero que, con la Revolución, bajó con su familia para refugiarse en Acayucan.

Fuentes:

Cuentos, Mitos, Leyendas y otras Historias de Acayucan