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Leyenda La Dama del Abanico

Leyendas Urbanas

Leyenda de la Ciudad de Mexico

Leyenda de la Ciudad de México, ocurrida durante la época colonial en el Callejón de las Golosas, actualmente Calle República de Haití. En aquel tiempo vivía un hombre muy rico, parrandero y desvergonzado llamado Longinos Peñuelas. La lujuria guiaba su vida y para conquistar a la mujer que deseaba utilizaba cartas de amor, regalos costosos, engañosas caricias, etcétera, pero cuando lograba su objetivo las abandonaba sin importarle su suerte, si estaban embarazadas, se suicidaban o eran encerradas en algún convento por sus padres o hermanos para cubrir la deshonra familiar.

Cierta ocasión cuando regresaba a su casa a media noche, después de abandonar el lecho que compartía con una mujer casada, pasó por una casa de dos balconcillos, donde en uno de ellos estaba una hermosa mujer de aproximadamente 20 años, vestida de blanco, con un abanico de encaje en una mano que miraba extasiada las estrellas y se abanicaba fuertemente. En eso, se le cayó el pañuelo y cuando Longinos caballerosamente se lo entrega queda prendado de su delicada belleza. Platicaron un rato y acordaron verse las siguientes noches, a esa misma hora para evitar que su padre los descubriera.

Una de esas noches, cuando él trataba de besarla, ella interpuso su abanico de concha nácar que al caer se partió en dos, quedándose ella con una de las dos mitades.

Leyenda la dama del abanico
Leyenda la dama del abanico

Pasadas algunas noches y ante la insistencia de él para que ella escape de su casa, ella le pide que por dos noches no se vean y que a la tercera ella se iría con él, pero llevaría consigo a su pequeño hijo, pues tenía uno y no podía separarse de su bebé. Él acepta y cuando regresa a buscarla muchas horas antes de lo pactado se asombra al notar que la casa parecía vieja y abandonada. Al llamarla y no obtener respuesta le preguntó a dos vecinas que pasaban por ahí.

Ellas le explicaron que desde hace 10 años la casa que era propiedad de don Hermenegildo Alcérreca y de su hija Rosaura, estaba abandonada. Ellos sólo la habitaron unos meses y luego desaparecieron. Sin embargo, los vecinos afirmaban que de esa casa salían largos gritos, desgarradores como de un alma en pena.

Longinos preocupado mandó traer un cerrajero y un sacerdote; al entrar a la casa descubrieron que estaba en ruinas. Abrieron un cuarto que daba a la calle y que correspondía al balcón donde se había visto con aquella joven y descubrieron que estaba totalmente tapizado y no entraba ningún rayo de luz. Alumbrados con lámparas y velas descubrieron horrorizados dos esqueletos; el de un bebé y el de una mujer que sostenía en sus blancuzcos huesos de la mano la mitad de un abanico de concha nácar. El sacerdote elevó oraciones y esparció agua bendita por el eterno descanso de esas inocentes almas, mientras tanto Longinos lloró desconsoladamente al recordar que Rosaura Alcérreca fue una de las tantas mujeres que engañó y abandonó a su suerte.

Salió de la casa angustiado y en medio de la oscuridad fue sorprendido por el esposo de la última mujer que había engañado. Este, airoso, le hizo el reclamo y sin darle tiempo de defenderse se le abalanzó encima provocándole la muerte. En ese instante, el silencio de la noche fue roto por una siniestra carcajada que anunciaba el final del infame burlador. Ver: Otras Leyendas de la Ciudad de México

Fuentes:

Tomado del Blog de Tere Carrillo Mujeres en la Historia